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Relato. Tercer accésit en el XXXI González-Waris

Un relato de Juan Miguel Torrero Guilarte

UNA VIDA POR SU PALABRA

Corría el mes de septiembre de 1569. Amaneció un día tan desapacible como otro cualquiera de un septiembre especialmente lluvioso. Un cielo plomizo cubría el valle y las montañas aledañas, y un velo brumoso se cernía sobre la populosa localidad suiza como si quisiera darle la bienvenida al nuevo día con un gélido abrazo.

Situada en un estratégico recodo del Rin, la ciudad se extendía como una irregular mancha a ambos lados de la curva del ancho rio, el cual, hendía el tupido mosaico de edificios con la  forma de un gigantesco carácter uncial, como si el buril de un grabador divino hubiera querido marcar ese territorio con la inicial de “Cristo”.

El caudaloso Rin, que durante milenios había servido a la localidad como una gran arteria primordial para su sostenimiento, comenzaba ya a verse surcado por las madrugadoras naves comerciales, de todos los tamaños imaginables, que dejaban tras de sí caprichosas estelas en las aguas. En ambas orillas comenzaban a lucir las primeras luminarias, que salpicaban el lienzo continuo de la muralla que formaban los edificios coronados por puntiagudos tejados apizarrados. Unas edificaciones que parecían agolparse apretadamente contra el río, como empujadas por otras más alejadas que anhelasen acercarse a beber de sus aguas. Tan solo los espaciados puentes, como horizontales puntales de ambos extremos, parecían impedir que éstos se precipitaran al río. Si seguía lloviendo y aumentando el nivel del Rin, tal vez llegaran a verse cumplidos esos anhelos.

En aquellos días, las estrechas, oscuras y ajetreadas calles bullían como un hervidero de febril actividad, como había sido siempre. Aunque no llovía, la humedad estaba presente en el ambiente y se podían ver sin demasiado esfuerzo las huellas de las tormentas que habían azotado toda la comarca la semana anterior. Entre los excrementos de los animales de tiro, imperceptiblemente diluidos en el lodazal que cubría sus calles, destacaban los nuevos charcos dejados por las últimas lloviznas nocturnas. En esta intricada red de avenidas y callejas pululaban, ya fuera a caballo, en carro o a pie: ricos mercaderes, poderosos principales, esmerados caballeros, piadosos clérigos, diestros artífices, sucios jornaleros, mocosos alborotadores o joviales estudiantes, y como contrapunto: hediondas recuas y hatos de todo tipo de animales domésticos. En fin, el incontable elenco de personajes que escenificaban la vital representación teatral de cada día en la populosa urbe centroeuropea.

Basilea era una ciudad próspera y presumía, entre otras cosas, de tener unos orígenes se remontaban a tiempos del antiguo Imperio Romano y de haber celebrado ya el centenario de su universidad, donde enseñó, entre otros, el mismo Erasmo de Rotterdam. En su dilatada historia la ciudad tuvo numerosos altibajos, pero en este tiempo, sin haber llegado aún a las seis décadas de su adhesión a la Confederación Helvética, ni a las cuatro de su oficial adopción a las ideas liberadoras de la Reforma Protestante, se podía considerar con justicia  una ciudad importante. Como floreciente urbe se sabía admirada, envidiada y odiada, casi a partes iguales, por las otras ciudades de Europa, ya fueran estas leales a los designios del papado o se hubieran acogido a la reforma luterana.

Un profundo sentimiento religioso y un ferviente anhelo de liberación habían marcado su historia más cercana. El conflicto fratricida entre los antiguos dogmas de la Iglesia Católica y las ideas liberalizadoras de la Reforma, cuyo germen humanista, había logrado transformar la sociedad local. Esta amalgama humana era una extraña mezcolanza variopinta donde coexistían la opulencia de unos pocos, el sobrevivir de la mayoría y la miseria de los más desfavorecidos, en la que el dominio del pueblo por parte de los notables y poderosos era más benigno, por el temor al juicio divino que nadie, rico o pobre, versado o indocto, podría evitar. Una sociedad regida por Dios, cuyos fundamentos podían ser entendido por todos en su propia lengua, y tan sencillos que podían contarse con una mano sus dogmas. Esta idílica estampa de convivencia solo se veía ensombrecida por la continua discusión entre las diversas facciones religiosas reformadas de la ciudad, aunque sus discrepancias quedaban eclipsadas por el general rechazo a todo lo que pudiera recordar a un pasado bajo el dominio religioso de Roma.

Los ciudadanos de Basilea, disfrutaban de ese destacado estatus que hacía de la población un referente dentro del mundo protestante, convertida, gracias a su privilegiada situación geográfica y a una floreciente industria de impresores, en un gran enclave de producción editorial. Era el baluarte que protegía una gran industria, donde los manuscritos de numerosos autores librepensadores condenados por la Santa Inquisición, esperaban ser editadas en alguna de las imprentas locales, a salvo de la persecución y de la censura de Roma.

Basilea se veía a sí misma, con orgullo, como la fragua donde se forjaban las armas que derrotarían finalmente a la vieja y corrompida curia pontificia romana, en una contienda iniciada por Ulrico Zuinglio, hacía ya medio siglo. Esas mismas dagas y espadas, en forma de pliegos impresos, eran blandidas con orgullo por sus habitantes y su tráfico, un hecho cotidiano. Poseedores de ese gran arsenal, los basilienses se sentían como adalides de la Reforma y orgullosos por su temprana y ejemplarizante ruptura tanto con la Iglesia Católica como con el Sacro Imperio Romano y de su adhesión sin reservas al protestantismo.

Ahora, con la reforma de las antiguas costumbres, su renovación había arraigado profundamente en todo el tejido social, habiendo renacido una nueva sociedad donde, sin mediadores, cualquiera podía tener acceso a las Santas Escrituras, traducidas al lenguaje vulgar y tener un trato directo con el Creador, y con ello, la esperanza de que sus vidas y su salvación eterna se rigieran tan solo por la gracia y la misericordia de Dios.

En este escenario el uso del latín, como lengua común de los eruditos de diferentes nacionalidades que se refugiaban y convivían en Basilea, era casi el único vestigio que quedaba de tiempos anteriores.

En este momento y lugar vio la luz una obra singular que, durante siglos, ha cambiado infinidad de corazones de habla hispana y los ha llevado a los pies de Cristo.

 

*  *  *

 

Unos meses antes, el Sol estival alegraba las viejas callejas basileas, iluminando sus añejos y deslucidos edificios. En uno de los barrios más antiguos, persistía un laborioso establecimiento conocido por todos en la ciudad, aunque tan solo se identificaba por un pequeño cartel que pendía sobre su vetusta puerta principal. Como siempre, una febril actividad se desarrollaba en su interior. Lo evidenciaba el ronco y machacón sonido del impactar de las prensas y el griterío de los fornidos peones que descargaban fardos de papel en la callejuela anexa.

Dentro de la industria, en medio de aquella vorágine productiva, dos hombres notables, conversaban en un extremo de lo que parecía una especie de gran tela de araña, que atravesaba el local de extremo a extremo, donde pendían miríadas de pliegos de papel, hecho que le confería un aspecto semejante a una gran industria de tintados o a un fantasmagórico bosque encantado, tan solo posible en sueños o antiguas leyendas.

—¡Espero que los primeros pliegos sean de vuestro agrado!  —tanteó Thomas Guarín, el reputado impresor y librero, dueño del local, tomando del tendedero uno de los folios que esperaban secarse para acercarlo a su interlocutor.

—¡Desde luego…! Un trabajo notable —comentó complacido su cliente, esbozando una sonrisa de satisfacción—. Vuestra fama como editor es, sin duda alguna, muy merecida.

—¡Me aduláis! Vuestra obra sí que es meritoria y la destreza con la que usáis la lengua romance supera, sin duda, a la de los otros españoles exiliados.

—¿Es que lo habéis leído? —inquirió sorprendido el enjuto personaje de aspecto sobrio y rostro aguileño, en idioma castellano—. No sabía que dominarais mi lengua…

—¡No, no…! Realmente no la conozco apenas… en profundidad —le respondió azorado el editor, continuando en lengua latina—. Uno de mis mejores planchistas es compatriota vuestro. Hace años que trabaja conmigo y confío en su criterio. Por sus manos han pasado obras notables… Además vuestra fama os precede y han llegado a mis oídos grandes elogios sobre vos.

—¡No sé si eso en estos tiempos es bueno o malo…!

—Por lo que a mí respecta, es un privilegio ser el impresor de esta gran obra. Fíjese que trabajo tan magnífico —recalcó exultante de orgullo el otro hombre, añadiendo con un sonoro suspiro—: ¡Es una lástima de no haber podido incluir unos vistosos grabados para las unciales…! ¡Hubiera sido una edición fuera de lo común…! ¡Extraordinaria!

—Nuestro Señor proveyó lo justo para la edición completa —replicó resignado su sobrio interlocutor—. ¡Tras costear lo esencial, quedó tan poco para el ornato y la floritura…!

—Claro, claro —Sonrió, sudoroso el editor —. Será sin duda una edición muy digna… ¡Aunque es una pena que….!

—Debo sentirme agradecido, dadas las circunstancias —le interrumpió Casiodoro, cansado de que le recordase la austeridad de la impresión—… En ocasiones no creí poder concluir la traslación, y en otras, no pensé poder vivir lo suficiente para verla impresa.

—Sin embargo, la estampa del oso intentando alcanzar el panal del árbol es muy vistosa y notable, así como las letras hebraicas. Una digna presentación de la obra.

—Fui afortunado y doy gracias a Dios por haber podido incluir ese grabado, que es el único ornato que sazona la olla. No sería así, sin la generosidad de vuestro colega Samuel Apiario, pues no podía costear una ilustración inédita.

—Sé de vuestras dificultades, amigo mío —Intentó consolarle Thomas, dándoles unas condescendientes palmaditas—… Sus conflictos con los calvinistas de Ginebra y sus apuros en Inglaterra. También de las continuas acechanzas de los espías papistas… —continuó el editor con tono afectado, casi en susurros—, y para adobar más el guiso, el fiasco con Oporino. ¡Qué desafortunado asunto…!

Casiodoro lo miró desconcertado, y balbuceó:

—¡No sabía que conocierais esos… detalles!

—Marcos Pérez, vuestro mecenas, es también un viejo amigo… de confianza —se disculpó azorado el otro, por la gran indiscreción en la que había incurrido—. ¡Espero que lo comprendáis…!

—¡Claro…!

—No os apuréis, mi discreción es a toda prueba —le alentó el impresor, volviendo a darle golpecitos en el hombro—. Sois un hombre devoto ¡En Basilea tenéis fieles partidarios y yo soy uno de ellos!

—Habéis acertado en eso. Lo de Oporino fue un infortunio… —suspiró Casiodoro—. Por encima de todo, su muerte inesperada…

—Tengo entendido que, aparte de malograr la edición, se llevó a la tumba la cuantiosa cantidad que le entregasteis.

—Fueron cuatrocientos florines que aportaron generosamente unos compatriotas, refugiados en Frankfurt —le desveló el clérigo con ensombrecido semblante, consciente de que  Marcos Pérez, el banquero, ya lo había puesto al corriente del grueso sus desgracias—. No supe de sus apuros económicos hasta después de su muerte y no pude recuperar ni un solo florín del adelanto que le hice para la impresión. Sus acreedores se abalanzaron como una jauría sobre las posesiones del difunto, cuando su cuerpo estaba aún caliente… ¡Su esposa quedó en la miseria!

—Sí, un infortunio… Son cosas que pasan. Pero estoy convencido de que, definitivamente, vuestra suerte ha demudado —le animó sonriente Thomas Guarín—. He dedicado dos de mis prensas a vuestro encargo y en un par de meses, sus compatriotas estarán gozándose de su magnífica traslación de las Santas Escrituras. —Volvió a parle palmaditas, exclamando—: ¡Alegrad de una vez el rostro, mi buen amigo!

—Espero que seáis profeta, mi buen Thomas… —replicó Casiodoro con los ojos humedecidos—. ¡Aunque los acepto resignado, Dios no hizo la vida de un hombre para soportar tantos golpes, quebrantos y sinsabores!

 

*  *  *

 

Al rato, su anfitrión le abandonó para supervisar unos trabajos al otro extremo del ruidoso local.  El erudito y traductor se quedó junto a la puerta, observando con sumo interés y total atención, hasta la más mínima acción que realizaban aquel ejército de artesanos y aprendices afanados en la reproducción del saber universal con gran habilidad y maestría.

Unos grandes ventanales, iluminaban la febril escena, ayudados por multitud de lámparas humeantes que tiznaban el techo. En aquella incansable fragua de libros que era la imprenta, destacaban las altas estructuras de roble de los macizos soportes verticales de las prensas, que se erguían orgullosos y parecían encastarse en el envigado del techo. Estos vetustos ingenios, perfeccionados por generaciones de impresores, habían mantenido durante años una incesante reproducción de las más variadas obras, con la única tregua de la sustitución de alguna pieza desgastada o el desabastecimiento temporal de alguna materia prima.

En un movimiento continuo y acompasado, las formas subían y bajaban en rotación continua deslizándose  por el eje estriado del tornillo, produciendo sin cesar hojas impresas por su parte inferior. Al volver a subir, sin dilación, uno de los ayudantes corría el pesado carro por su raíl y abría el bastidor que aprisionaba el papel. Otro operario, con sumo cuidado, tomaba el pliego recién impreso y lo colgaba junto a otras decenas de hojas, en una de las numerosas cuerdas que pendían de pared a pared, esperando secarse lo suficiente como para volver a otra máquina y ser impresas por la cara opuesta. Sin perder más tiempo que el de enjuagarse de vez en cuando el sudor de la frente, otro de los artífices repartía la tinta en la plancha grabada con ayuda de dos tampones impregnados en la oscura sustancia.

El foráneo Casiodoro, se maravilló desde el primer día de la eficiencia con que de aquellos hombres, de aspecto tosco, ejercían el arte de su oficio. No llegaba a entender como todas aquellas complicadas operaciones se podían realizar con la eficiencia, la coordinación y la rapidez con que lo hacían.

‹‹Desde luego, por mucha voluntad que le pusieran, no me imagino en estas tareas a alguno de mis antiguos compañeros, los monjes jerónimos del monasterio de San Isidoro del Campo, más dados al cultivo de hortalizas y al rezo, que a finos trabajos manuales —pensó el clérigo traductor, sintiendo un doloroso aguijón de tristeza al recordar también a sus correligionarios sevillanos Juan Pérez de Pineda, Antonio del Corro y a Julianillo Hernández, el arriero que les proporcionaba de contrabando libros prohibidos por la Inquisición, exclamando—: ¡Tantos han muerto por la causa descrita en estas hojas…!››

Casiodoro miró a su alrededor, intentando ahuyentar la tristeza y fijó su atención en las planchas tintadas, prisioneras de sus gleras, que esperaban panza al aire con sus centenares de letras metálicas en perfecta formación. Tras apenas unos segundos de espera a que la tinta reposara, el responsable de la prensa colocaba hábilmente una nueva hoja virgen y acomodaba la almohadilla de fieltro. A continuación cerraba el bastidor de la caja y la deslizaba de nuevo por el cofre bajo el pesado artilugio. La cíclica operación finalizaba con un vigoroso, pero medido movimiento de otro operario, girando la gran barra para hacer descender la prensa.

Ataviados con ligeras camisolas o con el pecho descubierto y sudoroso, ninguno de aquellos ajetreados operarios parecía sentir cansancio o el frescor reinante en el local.

Casiodoro estaba fascinado por la destreza de aquellos hombres afanados en sus repetitivas tareas, mientras al fondo otros se afanaban en abastecer de alimento en forma de blanco papel, las voraces máquinas.

‹‹… Como se hubieran gozado todos mis compañeros y amigos de compartir conmigo este momento —aventuró con callado regocijo y suspirando, pensó—: ¡Cuánto daría por que estuvieran ahora a mi lado…!››

Tras buscar entre los muchos pliegos extendidos en los diferentes cordajes, finalmente encontró el párrafo que buscaba y que prologaría la obra de su vida y leyó:

“Cristiano lector:

Intolerable cosa es a Satanás, padre de mentira, y autor de tinieblas, que la verdad de Dios y su luz se manifieste en el mundo; porque sólo por este camino es desecho su engaño; se desvanecen sus tinieblas, y se descubre toda la vanidad sobre la cual su reino es fundado, y de allí está cierta su ruina:  y los míseros hombres que tiene ligados en muerte con prisiones de ignorancia, enseñados con la divina luz, se le salen de su prisión a vida eterna, y a libertad de hijos de Dios…”

Casiodoro de Reina suspiro profundamente y rememoró todas las dificultades y sinsabores vividos desde su infancia y los rostros de aquellos hermanos que cayeron en el camino. Unió sus manos y elevó una ferviente plegaria de agradecimiento a su Señor por haber visto al fin cumplido su anhelo, mientras una lágrima surcaba su rostro.

En aquel instante supo que su vida había tenido un sentido.

Juan Miguel Torrero

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