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Relato. Segundo accésit en el XXXI González Waris

Un relato de Santiago Asensio

Pollo Strogonoff

Estaba cansado, aquella noche de febrero en Manchester, al bajarme del tren. Creo que pocas personas se desplazan a esa ciudad en invierno como no sea que tengan allí un idilio amoroso, quieran ver un partido de fútbol o tengan algún asunto de trabajo que solventar. No se me ocurre ninguna otra razón plausible. Había tenido que ir por la tercera de ellas, la menos placentera. Realizar la misión que tenía encomendada era pilotar una barca de remos en un mar espeso de brea. Estaba agotado. Agotado de hablar con directores de escuela, donde se iban a desarrollar cursos de inglés en verano, que daban buenas palabras pero no adoptaban ningún compromiso concreto. Agotado de personas educadísimas que, sintiéndolo mucho, no podían cumplir las prestaciones que habían acordado pero exigían, eso sí, que la contraparte desarrollara las suyas escrupulosamente. Agotado de lidiar con todos ellos en inglés. Agotado de recordar que una vez había creado un personaje que apreciaba la cortesía, algo untuosa y muchas veces falsa, de los ingleses, porque consideraba que el mundo era ya un lugar suficientemente espantoso y si alguien te machacaba era de agradecer que, al menos, se tomara la molestia de hacerlo educadamente. Triste por no saber cómo parecerme a él. Agotado, de nuevo, por los trenes que no llegaban puntuales a los transbordos.
Me alojaba en un pequeño hotel junto a la estación para tener así más fáciles mis desplazamientos. El personal parecía amable, posiblemente lo fueran sinceramente, con excepción de una mujer que tomaba los pedidos y servía los desayunos en el restaurante. Aquella misma mañana me había devuelto los buenos días con tan poco convencimiento que su respuestame pareció más bien un gruñido gutural. Rondaba los sesenta años y solamente me fijé en que tenía el pelo teñido de rubio pero se apreciaban fácilmente sus raíces canosas. Pasé, sin detenerme demasiado, por una mandíbula inferior prominente y unos ojos hundidos. Me había parecido, por la mañana, una de esas personas a las que nadie mira más de una vez; decidí hacer yo lo mismo y me concentré inmediatamente en los huevos fritos que me sirvió, sin prestarle más atención. En todo caso, recuerdo ahora que en aquel momento su obvia antipatía me pareció un rasgo positivo. Al menos se comportaba de un modo claro, en lugar de disfrazar su carácter natural con sonrisas forzadas.
Cuando llegué al restaurante, aquella noche, eran las nueve menos cuarto y llevaba casi doce horas vagabundeando por la región, de reunión en reunión. Ella estaba allí, en completa soledad, limpiando las mesas. Pregunté si podía cenar y me dijo que no, que era muy tarde y habían cerrado. Era algo normal, realmente había llegado a deshora por culpa del retraso de los trenes y reculé hacia la salida. En ese momento escuché de nuevo la voz profunda:«¿Pollo strogonoff está bien? ¿Quiere también una cerveza?»
Regresé hacia la mesa que ella limpiaba y le pedí que me repitiera lo que había dicho, porque no lo había comprendido bien. Realmente pensé que mi inglés comenzaba a fallar por el cansancio. Ella me respondió: «Me ha entendido usted bien. Le vi esta mañana, por la ventana, salir hacia la estación. Le he vuelto a ver regresar de ella hace un momento, y parece fatigado. Apostaría a que no ha comido nada en condiciones en todo el día. Fuera hace frío. Le costará encontrar un sitio abierto y, si lo consigue, cenará fatal. Deje que le prepare un pollo strógonoff. Lo hago muy bien. Siéntese en la mesa que desee. Los unos por los otros».
La verdad es que a la hora de la comida estaba en un tren entre Leeds y Sheffield. Había tomado una taza de té y unas galletas que me ha ofrecido un tipo con el que me había reunido. Pero no podía aceptarlo. Le dije que tenía que estar tan cansada como yo y que tendría gente esperándola en casa. Se lo agradecía muchísimo, pero no podía ser. Me respondió que no, que ya no. No la esperaba nadie. Que no me preocupara porque tenía jornada partida y estaba menos cansada que yo y que solamente tardaría veinte minutos porque lo hacía con arroz hervido.
Me pidió que me sentara y escogí, obedientemente, una mesa al fondo del local. Trajo una pinta de cerveza y, cuando lo hizo, miré sus manos enrojecidas por el trabajo manual, sin anillos. Ella lo notó y, tan pronto hubo dejado el vaso, las apartó rápidamente. Levanté la vista hacia su cara y supongo que me sonrojé, porque ella esbozó una sonrisa por un instante. Me pareció una sonrisa difusa que luchaba por abrirse camino en un territorio hostil. La primera lluvia tras el verano. Regresó ella a la cocina y yo bebí lentamente la cerveza, dejándome abrazar por su sabor amargo. Solamente el hambre impidió que me quedara dormido. Me fijé en los colores pastel de las paredes y en unos grabados de barcos de vela que había por allí colgados. Volvió a aparecer al cabo de un rato, que me pareció más corto de lo que ella había dicho, con un plato con el guiso y el arroz. Llevaba un bolso, grande y anticuado, en bandolera. Me indicó, al dejar el plato frente a mí, que cuando terminara lo dejara, junto al vaso, en la mesa. Lo limpiaría ella mañana. Ahora quería volver a su apartamento. Me alargó la cuenta. La deposité en la mesa y probé un poco del guiso. Era excelente. Ponderé su modo de cocinar y le di una cantidad sobrada. Volví a escuchar la voz,que percibí más dura que nunca: «Tengo la caja cerrada y no puedo darle la vuelta. Si cree que le he preparado la cena por el dinero de la propina es que no comprende usted nada». Respondí que lo sabía, pero que las tiendas estaban cerradas y mi avión salía al día siguiente a las seis y media, antes de que ella sirviera el desayuno. De modo que no me quedaba modo más elegante de demostrarle mi agradecimiento. Le dije que invitara a una amiga suya a tomar algo. Los unos por los otros, añadí para terminar.
Sonrió de nuevo, esta vez casi imperceptiblemente, tomó los billetes, me deseó buen viaje y se volvió hacia la puerta del hotel. Miré su espalda, el abrigo marrón gastado. Caminaba algo encorvada pero era una espalda normal. Cuando era un niño, en la época de Franco, en la escuela me enseñaban dibujos de ángeles con alas. Esa noche, en Manchester, comprendí que aquello era falso. No tienen alas. El mejor modo de distinguirlos es, quizás, el cabello mal teñido.

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