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Relato. Primer Accésit en el XXXI González-Waris

Relato de Pau Abad

Aquel que visita los barcos

Pau Abad

Era enorme, parecido en forma a un galeón, pero veinte veces mayor que la nave más grande que hayan visto nunca mis ojos. El cielo era todo grises nubarrones, más bien negros, echados sobre nosotros, pero no llegaban a descargar ni una sola gota de lluvia. El mar, mirases donde mirases, no tenía fin y sus olas se alzaban feroces sobre nosotros, amenazando con devorarnos. Sin embargo, el gigantesco buque permanecía sereno e imperturbable, como ignorante de la tormenta, ajeno a cada embestida. Fuera sueño, fuera muerte en vida, aquí narro la alegoría percibida.

Ahí estaba yo, sin poder hablar, sin saber nada, pasmado, como si hubiese nacido en ese instante. Reconocí a mi padre. Estaba a mi lado, pilotando el timón. Por debajo de nosotros, en cubierta, una gran muchedumbre hacía de tripulación. Pero no se ocupaban de izar ni arriar velas, simplemente iban de un lado a otro del barco buscando con qué entretenerse. Jugando y bebiendo unos, filosofando y politiqueando otros, y todos ellos abandonándose al sinnúmero de placeres que tenían a su alcance bajo el suelo de cubierta. Aunque las aguas sobre nosotros se cerniesen, no pareciese haber alerta.

Abandoné a mi padre y me sumergí entre la multitud. Me acostumbré a su forma de vivir y pensar. Me subyugué a sus leyes y me inmiscuí en los recreos y deleites de los camarotes de esa inmensa nave. De vez en cuando subía de nuevo a cubierta y, aunque me era difícil vislumbrar entre el gentío el timón sobre el castillo de popa, cuando lo veía ahí seguía mi padre. Pero el tiempo pasaba y percibí que empezaban a sustituirle viejos conocidos, compañeros de travesía. A veces me daba la impresión de no ver a nadie, solo un barco a la deriva, sin capitán, ni timonel, ni vigía.

Entonces, mientras intentaba hacer de mi vida a bordo de ese barco una perpetua complacencia, descubrí entre la multitud a unos pocos que hablaban de algo que mis oídos nunca habían escuchado antes. Algo que ponían por nombre “Tierra”. Tierra… No supe a qué se referían, pero por las palabras que usaban parecían estar hablando de un lugar. Fui corriendo al timonel. En ese momento era un fiel amigo que había conocido abajo en los camarotes. Sabía que en ocasiones él también se aventuraba a subir a cubierta y le pregunté cuál era nuestro rumbo, hacia dónde nos dirigíamos. “Hacia donde nos lleve el barco, amigo”, me respondió. Entonces le pregunté hacia dónde nos estaba llevando el barco. “No lo sé, nadie lo sabe”, contestó. Por último, al ver desesperanzado que no hallaría en él respuestas que esclarecieran mis cuestiones, le pregunté si sabía algo de eso que algunos llamaban Tierra. “No hagas caso, amigo, son solo mitos y leyendas”, me dijo como para que lo dejara estar. Mientras, sus ojos se entretenían viendo a las muchachas bailar, a los chiquillos jugar y el tiempo pasar.

Intenté hacerle caso, pero mi corazón seguía intrigado desde el momento en que escuché esa palabra. Cada vez fui acercándome más veces al borde de la nave, tratando de vislumbrar algo diferente a lo que ya conocía, pero enfrente de mí solo veía agua y más agua. Aun así, no me rendí, y si lo hubiese hecho no las habría visto. Pero las vi. Sí, las vi.

Se movían entre ola y ola, navegando en contra del viento, navegando en contra del barco. Eran como pequeñas barcas con personas dentro, personas de estropeado aspecto e inquietas tanto o más que las aguas que les rodeaban. Vi a una de las chalupas acercarse. Parecía que querían hablar conmigo y con todos aquellos que se acercaban a la baranda de cubierta. Uno de los tripulantes les lanzó una amarra para que pudieran subir y ponerse a salvo en el barco, pero se negaban a hacerlo. Eso me extrañó muchísimo, no podía entender por qué esa gente rechazaría disfrutar de la seguridad y las comodidades de la nave. Entonces escuché cómo una de las personas de la barca llamaba al tripulante que les había lanzado la amarra, pero éste no les prestaba atención. Aun así, quien gritaba lo hacía cada vez de forma más desesperada hasta que otras personas de la barquita intentaron calmarle y, viendo que no desistía, le decían: “Déjalo, aunque convirtieses este cielo gris en un claro día…, no escucharían. Incluso a los ladrones del mar y a los falsos terrestres más atención les darían”.

Pasó el tiempo y me di cuenta de que más y más la vida en el barco me dejaba insatisfecho, o puede que fuese ella la que no estuviese satisfecha conmigo, pues cada vez le era más difícil entretenerme. De vez en cuando seguía escuchando a gente hablar vagamente de ese lugar llamado Tierra. El misterio alrededor de la palabra empezó a carcomerme.

Me acercaba a la baranda del navío tantas veces como me fue posible, esperando volver a verlas y, tras mucho tiempo sin fortuna alguna, creyendo que habían desistido y se habían olvidado de nosotros, volví a ver una de esas barcas. Raudo, les llamé con gritos y señas. Se sorprendieron al principio, pero se acercaron a nosotros, tanto que incluso chocaban contra la coraza de madera de ese lado del inmenso barco. Les pregunté si sabían algo de un lugar llamado Tierra. Me respondieron que era hacia allí que se dirigían. Decían que nunca habían estado, pero tenían evidencias de que era real. Al hablarme de ese lugar noté que sus cansados rostros adquirían un aspecto alegre y rejuvenecido. Para mi sorpresa, descubrí que ellos también habían sido tripulantes decepcionados, desengañados de la vida en el barco tiempo atrás. Después de decirme esto, insistieron mucho en que les acompañara en la peligrosa aventura hacia Tierra y les ayudara a remar contra el viento. La propuesta era de lo más tentadora. Supe que mi sed de verdad se convertiría en eterna sequía si me quedaba, pero el salto requería mucho sacrificio, demasiado. Echarme al mar supondría renunciar a todo aquello hasta ahora logrado, renunciar a mi propia vida, perder todo cuanto había atesorado.

Dudé mucho. Dudé de las personas de la barca, de los del barco y hasta de mí mismo. Me encontré en ese punto en que no sirve de nada sopesar las ventajas y las desventajas sobre una balanza, pues hasta el criterio de la balanza se pone en duda y ni la onza merece confianza.

Dudé, dudé mucho, pero entonces miré en mis adentros y reconocí que prefería perecer persiguiendo la verdad que mi corazón anhelaba, aun en contra de mi voluntad, que consumirme insatisfecho. Preferí vivir entre el certero furor de las aguas antes que morir en un placentero pero ilusorio lecho.

Tomé una firme decisión y, lo más complicado aún, seguí adelante con ella. En un arrebato de candorosa inocencia infantil, me apresuré hacia donde estaba la amarra en ese lado de cubierta y la solté hacia el mar. Me agarré a ella y empecé a bajar por el altísimo casco de madera que formaba la pared de ese buque gigantesco. Sentí vértigo, pues la altura era sobrecogedora, así como el rugir de las olas más abajo, amenazando con llevarme a un infierno poco parecido al dantesco.

Algunos de mis amigos y conocidos que estaban cerca me vieron y se acercaron corriendo a rescatarme y subirme todo lo rápido que podían al tiempo que me persuadían con bonitas palabras para convencerme de que no abandonara el barco. Me hablaron de placeres que aún no había escuchado y, cuando vieron que no atendía a seducciones, empezaron a advertirme de las horribles consecuencias que mi acto desencadenaría en mi vida y en las suyas. Pero yo ya había tomado una decisión. No había vuelta atrás. Mis pies ya habían cruzado la frontera. Si no encontraba la verdad sobre Tierra, al menos su búsqueda era una aventura mucho más importante de lo que hasta entonces conociera.

Antes de que los de arriba consiguieran tirar de la cuerda a la que me sujetaba para devolverme así a cubierta, me deslicé hasta la mitad de la altura del casco y saqué de mi bolsillo una cuchilla manchada de sangre seca, pero roja como el vino. No lograba recordar de dónde había sacado la cuchilla, pero de alguna forma me dio una razón más para escapar de ese lugar. Quienes me miraban desde arriba, especialmente los últimos en asomarse, quedaron atónitos al comprobar que el mío no había sido un desafortunado desliz por la borda de cubierta, sino que realmente estaba dispuesto a cortar la cuerda, conocedor de que solo así acabaría con toda tentación de volver a escalar las colosales paredes del barco. El mar y la verdad detrás de él serían mi nueva vida, dejando en mi viejo mundo el relato tergiversado de mi insensata huida.

Eché la vista abajo, hacia los desconocidos de la barca que se tambaleaba entre ola y ola. Su templanza ante la furia del mar me infundió aliento. Volví a levantar la vista a quienes aún tiraban de mí, como quien mira por última vez al difunto antes de ser abandonado a su lúgubre destino. Entonces observaron lamentados mi resuelta mirada y pronto detuvieron sus intentos inútiles de subirme. La distancia era insalvable, la caída inevitable. Me comporté. Limpio y seco… Corté.

Mi mundo conocido se alejó a una velocidad vertiginosa. La caída fue más larga de lo que imaginé y tan fugaz como los relámpagos de la tormenta que cubría todo el cielo. Y como el estruendo de un rayo, así fue mi encuentro con las aguas, sumergiéndome violentamente en la oscura realidad del océano, esperando salir de él vivo y de la verdad lacayo.

A pesar de la confusión y el dolor del choque, con mucho esfuerzo logré recomponerme y abrirme paso entre el denso abismo hasta que alcancé la superficie. Aunque abrumado por el oleaje y asfixiado por el dolor de la caída, sentí en mí el impulso de una fuerza desconocida. Nadé como bien pude hasta la barca mientras escuchaba a lo lejos las injurias de los tripulantes del barco, que se burlaban de mi atrevimiento, preguntándose por qué haría tal cosa alguien como yo sin buscar siquiera consejo o consentimiento.

Por fin llegué y los hombres y mujeres que estaban dentro de aquella pequeña pero resistente chalupa me recogieron y me pusieron a salvo de las olas. Me intentaron reanimar del cansancio y del dolor de la caída con un poco de pan y otro poco de vino que traían consigo, pero el esfuerzo y el dolor era todavía demasiado reciente. Quedé inconsciente.

Cuando al fin desperté reconocí vagamente a las personas que me rodeaban en aquella barca, pero no el lugar. Era el mar, el mismo que nos rodeaba en el gran barco, pero nunca antes me había asustado tanto de él. Nos movíamos con el subir y bajar de las olas. Me era totalmente irreconocible… y terrorífico. A un momento incluso me pareció ver una figura como demoníaca al mirar profundamente a través del agua y del pavor levanté en seguida la vista. Tanta profundidad era difícil de asimilar. Pero entonces algo llamó mi atención. Cada persona tenía su remo y ayudaba a que la barca continuase en la dirección que se habían propuesto, pero el bote se movía a una velocidad mayor de lo que en verdad esas personas podrían conseguir con su escasa fuerza, aún más teniendo en cuenta que el viento soplaba de cara. “Tú todavía no lo ves, pero tranquilo, le estaremos pidiendo para que lo veas”, me dijo una mujer para que no me preocupara y, de seguido, una alegre risa de entre todos brotó y se encendió en sus rostros como una almenara.

Como era de esperar, enseguida les pedí que me hablaran de ese lugar al que llamaban Tierra. Me contaron que todo lo que sabían era por alguien que habían conocido y que decía venir de allí. Este les habló de lo preciosa y hermosa que era Tierra. Trató de describirla con cosas que esas personas ya conocían de su vida en el barco, pero aún así no era suficiente para hacerles entender el esplendor de su belleza. Decían que hablaba como nunca habían escuchado hablar a nadie y en verdad, según me explicaban, demostró con sus obras y su propia vida que ciertamente venía de un lugar fuera del mar. “Pasó por los grandes barcos y sigue haciéndolo, montado en una humilde barca, intentando que los habitantes del mar crean su palabra y den media vuelta para guiarles a Tierra, pero pocos son los que le escuchan”, me contaban. Y seguido un señor mayor, cuya voz revelaba cierta sabiduría vetusta, me espetó: “el viento en contra asusta y a muy pocos gusta”.

Seguí preguntando, insistiendo en conocer lo que por mucho tiempo fue desdeñado. Me contaron que desde el principio nuestros antepasados se dejaron engañar por el mar, perdiéndose en él hasta hacer su vida ahí, cada vez más lejos de Tierra, hasta que llegó el día en que las generaciones acabaron olvidándose de su existencia. Por eso ahora pocos se atrevían a hablar de ese nombre y los que lo hacían hablaban como si de una falsa leyenda se tratase. Pero, al parecer, alguien les añoraba desde Tierra, este mismo que sigue visitando los grandes barcos, y no quiso perderlos para siempre. Así que se echó al mar, al frío y helado océano, mojándose él y toda su blanca vestidura. Sabía que no recuperaría a todos, pues la vida en los barcos seguía atrayendo mucho a las personas y el viaje de vuelta a Tierra sería para la mayoría demasiado largo, duro e incierto, solo inteligible en el mundo de los locos. Aun así, pensó que le merecía la pena, aunque solo con ello lograse, vivo o muerto, traer consigo a unos pocos.

Todas estas cosas llegaban a mí con una autoridad insólita e indescifrable, como si mi subconsciente estuviese reconociendo la voz de la verdad sin consultarme. Lo que estaban escuchando mis oídos eran respuestas a preguntas escondidas en lo recóndito de mi idiosincrasia, ahí donde solo llega la pureza incorruptible, que pronto recubrimos de polvo. Entonces, mientras la gente de la barca me hablaba de verdades que hasta esa hora escondí, de súbito y presto una pregunta apareció en mi mente. “¿Crees esto?”. “Quiero”, respondí.

Cada vez más mi corazón se unía a mi razón. Aun con el viento en contra, mi alma se sentía empujada por un soplo de vida, hasta que días después, mientras remaba junto a los demás, escuché como un susurro detrás de mí. Y por fin comprendí. Paré de remar, miré hacia atrás, y ahí estaba él. Inconfundible. En la última banca le vi, con las vestiduras rasgadas y con el aspecto de haber sufrido mucho, pero con la apariencia de un antiguo rey que aún gozaba de mucha gloria. Remaba como quien tiene autoridad y entendí que era por él que avanzábamos tanto a cada palada. Me miraba sonriendo, como contento de poder contar conmigo en esa barca, feliz de verme ahí junto a él y haberme rescatado. Supe quién era y sin darme cuenta de mí salió otra sonrisa. Mi alma había visto a su amado.

Después de esto, giré de nuevo la cabeza y cerré los ojos. En vez de zarandearnos, las olas esa mañana parecían acunarnos suavemente y la brisa era fresca como nunca. Un vendaval de amor, esperanza y fe estremeció mi corazón. Se abrieron de nuevo mis párpados y miré sobre las aguas. Enfrente me pareció ver la forma de algo que, a lo lejos, se alzaba por encima del mar como una alargada sombra y el destello de una luz. Y me pregunto, ¿quién daría su vida de esa manera para traerme a Tierra, si esa Tierra no existiera?

 

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